La selección española conmemora este 3 de septiembre el vigésimo aniversario de su primer Mundial de baloncesto, la primera estrella lograda en Saitama en 2006 tras un recorrido perfecto hasta la final.

El equipo dirigido entonces por Pepu Hernández cerró el torneo sin derrotas y superó a Grecia en la final para inscribir el nombre de España entre los campeones del mundo, una gesta que dio continuidad a la generación de los Júniors de Oro de 1999 y marcó el inicio de una etapa dominante del baloncesto nacional, como recordaron las crónicas publicadas por AS y SPORT.

Un recorrido inmaculado en Japón

España completó el Mundial de Japón 2006 con pleno de victorias, nueve triunfos en nueve partidos, incluido el 70-47 de la final ante Grecia en Saitama. La cita, disputada entre Hiroshima, Hamamatsu, Sapporo, Sendai y Saitama, supuso el primer título mundial absoluto de la historia nacional y el primero en categoría absoluta tras el oro júnior logrado ante Estados Unidos en 1999.

El balance invicto y la solidez colectiva fueron la seña de identidad de un grupo que compitió desde la fase de grupos con la convicción de pelear por el oro, una mentalidad que uno de sus protagonistas resumía en la previa de la efeméride como estar en modo campeones desde el inicio.

De los Júniors de Oro a la primera estrella

La selección combinó a los referentes de la generación del 99 con otros talentos consolidados en la Liga Endesa y en la NBA, articulando un bloque que años después seguiría compitiendo al máximo nivel en la Euroliga y en los grandes torneos FIBA. Siete años después del título mundial júnior, el tránsito al éxito absoluto se completó en Japón, abriendo un ciclo que ampliaría el palmarés español en Europeos, Juegos y Mundiales posteriores.

Veinte años después, el oro de Saitama mantiene su valor deportivo como referencia estructural del proyecto nacional, punto de partida para entender la continuidad competitiva y la proyección internacional de aquella plantilla.

Legado deportivo del título de 2006

La conquista transformó la ambición de la selección y elevó el listón del baloncesto español en el calendario FIBA. El recuerdo compartido en la efeméride subraya el impacto técnico y competitivo de un grupo que no cedió ningún encuentro y que fijó un modelo de exigencia, defensa colectiva y reparto ofensivo que todavía se estudia como ejemplo de construcción de equipo en una gran competición.